miércoles, 4 de mayo de 2011

El chandoso de la avenida principal.

Me disculparas, hoy he visto a la humanidad caer a lo más miserable. Dulce can que se place muerto en la acera. El que te mató siguió volando en la vida. Maldito insensato que de ti no se reirá. 
Le escribí la historia final. Un homenaje para un animal digno de coraje. Amigo del olvidado y ayudante del maldito. Querido perro, la vida no pudo contigo. Yace aquí tu historia al morir, tu canción de funeral. Yo si me acordare de ti.

El miraba con ojos sangraos, con mirada placera y se acostaba al lado de la repisa en la cual recordaba con amargura las dichas de su dulce cuna.
Sobre sus manos se reflejaba la ternura de una dulce noche infringida. Alrededor de sus mantos oscuros. Para el resto de la tierra un perro muerto es basura, para él un perro muerto es una condena a percibir el desamor en su más pura perversión.

Tantas mañanas y tantos declives, tantas hambrunas y tantas sonrisas vistas en el tacto de una caricia.
El observaba con la pupila fibrosa ver pasar el día, la gente al lado en línea paralela caminaba ignorando a un perro que en unas horas estaría descompuesto.  No por la fibrosa carne sino por el desconsuelo de la lluvia innoble que caía sobre su tierno pelo. Una lluvia salada que caía desde el manto azul de unos ojos añejos, esos ojos que lo vigilaban cada mañana cuando iba a luchar su pellejo. 

Cada bocado compartido cada noche acurrucada, era señal de un lazo de gente, la cual en verdad se amaba. Porque humano no es aquel que se idolatra de ser capaz, sino aquel que sin usar media palabra, con su tierno olfato es capaz de sentirte cuando estas maldito, maldito de tristeza, maldito de pobreza, pero para el amado can eso no es signo de cresa. El no juzga el no te martiria, el solo brindaba amor en los momentos de culpa.
Y para el hombre desdichado. Para el hombre olvidado, que nunca había rogado, esa noche imploraba por volver a sentir sus ladridos, su mejor amigo había partido en una acción del destino.

Y nadie quería mirar, a nadie le importaba llorar, el solo era un perro y ¿por qué debían rogar?  Pero para un hombre olvidado por la vida, arrugado en su piel, pero libre de cualquier peladez, ese fiel y amado perro había sido su fiel compañía y esa noche en el frio de una avenida, se acostaba a dormir con los pies y las manos acogidas, sobre su fiel amigo al cual nunca iba a soltar.

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