miércoles, 4 de mayo de 2011

Espectros del victimario, vuelto victima.


                                                     t. Cuestiones Imposibles de entender

                                                                                                                                               Alejandro Olazabal. 11

Jaime vive en el distrito de agua blanca, y como muchas almas que rondan por esas esquinas, vive apenas de lo que puede laborar y recoger. Nació en un corregimiento del Tolima hace 34 años, curso primario, y  bachillerato, pero su familia, humildes campesinos de la cordillera central, no tuvieron como mandarlo a Ibagué a estudiar lo que el más quería, veterinaria. Jaime se dedicó a trabajar en múltiples haciendas, como labriego y como centinela, por días enteros no almorzaba, cuando recibía su sueldo lo guardaba debajo de la cama, por que como el bien dice, siempre le enseñaron a no creer en los bancos. Desde los 17 hasta los 19 trabajó sin pausa, pero ni la acumulación de más de 24 salarios mínimos al final de los dos años era suficiente para pagarse un solo semestre de universidad, ni siquiera en una publica. Jaime cayó triste, se sentía impotente ante la situación, le asqueaba la idea de no poder alcanzar sus sueños, pero prontamente se adapto al presente, llego a creer que los pobres en Colombia son pobres por decodificación genética: la gente nace o rica o nace pobre, y así se queda, no hay pobres que se vuelvan ricos, eso bajo esta bandera es imposible, me dice.

Fue un día de noviembre, cuando tenía 19 años, que le toco vivir lo que él llama su primera plomiza. Brigadas del batallón de alta montaña se habían acentuado en la finca donde el ejercía de agricultor, porque se comentaba entre la gente del pueblo, que la guerrilla planeaba una toma por la madrugada. Los soldados lo miraron con cara de indignación, lo trataron de auxiliador de la guerrilla, y algunos lo golpearon acusándolo de miliciano, cuando su único pecado material, fue estar en el lugar equivocado en el momento erróneo. Dice que los soldados esa noche se dedicaron a divertirse con las niñas de la comunidad, y a tomar alcohol en exceso, nunca llegaron a creer que una toma en ese pueblo fuese posible, pero pasó. A las tres de la mañana cuando los soldados estaban muertos de la borrachera, Jaime logro divisar hileras humanas bajando de la sierra, el bien sabía lo que se venía, pero no le importo en nada avisarle a los soldados, simplemente se limito a buscar refugio en un riachuelo cercano, tras de sí escucho las balas, escuchó  los gritos de los soldados y los suspiros de los guerrilleros, y el mismo admite que tal escenario dantesco lo puso increíblemente feliz.

 20 minutos después solo se escuchaban los murmullos de los guerrilleros. Jaime se paro y por algún motivo que el todavía no entiende se fue caminando directamente hacia ese murmullo, en su camino se topó con siete cadáveres, todos con la insignia de la infantería militar, de los 30 militares que se encontraban ahí, 19 estaban muertos, y el resto había salido corriendo en desesperación. Jaime caminó sin pena ni gloria, en frente tenia a unos 13 guerrilleros de las FARC (sus uniformes los delataban) no tenía idea de que frente fueran o si lo matarían en cuanto violase su zona de calma, pero estos no le hicieron nada, Jaime explica que lo que ocurrió después fue fruto de un conflicto mental de varios años, una explosión imposible de controlar –señores, dijo con un tono grave, pásenme un uniforme que yo también voy a ser guerrillero.

Por los siguientes 11 años Jaime seria conocido como Txiki, en honor a un guerrillero Catalán que lucho en la guerra civil española a favor de los bandos republicanos, dice que él no tenía ni idea de que era la guerra civil española, ni de que era un Catalán, pero que en la guerrilla lo obligaban a leer en cantidades grandes, no querían tener la imagen de un ejército de mercenarios brutos, todo era propaganda, y la imagen es la más importante de todas. Le toco vivir varias balaceras con los paramilitares y con el ejército, y admite entre dientes, que mató a unas 10 personas, o probablemente mas, ya que eran contadas las veces que los “milicos o paracos” dejaban algún cadáver tirado en la maleza.  A su tercer año lo ascendieron, ahora paso a controlar una pequeña compañía móvil de 8 guerrilleros, la cual patrullaba la zona, y su misión era advertir de cualquier presencia enemiga cerca del campamento estacionario, y aunque estaba muy lejos de ser un Mayor de las FARC, sus compañeros lo llamaban así de broma, una broma que pronto le empezó a gustar.

A Jaime, su superior, un hombre que según cuenta, todavía se encuentra en el monte, le regaló un rifle de fabricación Rusa. Era una maravilla me gritó, tenia cartucho para más de setenta balas, no se recalentaba con nada, podía disparar hasta a un kilómetro, y le cabían distintos calibres, además de que dice emocionado, era hermoso.  A Jaime le empezaba a gustar esa vida, por razones que todavía desconoce, pertenecía a una compañía móvil, lo que significa que están en continuo movimiento- así es casi imposible que lo coja a usted un bombardeo, me cuenta. El estar en continuo movimiento era exhaustivo, pero les daba una ventaja táctica sobre el ejercito- siempre teníamos el factor sorpresa, y siempre lo supimos aprovechar.

Pasaron 7 años, y Jaime ya era aspirante a comandante, pronto podía tener a su disposición a un grupo de 25 guerrilleros de asalto, armados con las mejores ametralladoras y dispositivos anti aéreos, Álvaro Uribe era ya presidente, y todo hacía pensar que la guerra iba a tomar nuevas dimensiones, pero esas proporciones de guerra épica nunca le llegaron, me hace entender que la confrontación directa se vivió en los llanos, en la costa Caribe y en el sur del país, en las montañas del Tolima, Huila y Valle, donde él se movía, ocasionalmente se oían a los helicópteros disparar contra objetivos invisibles, y se vivían mas balaceras, pero en ninguna llego a ocurrir nada extraordinario, uno o dos muertos de nuestro lado, contra uno o dos muertos del lado de ellos, nada excepcional me afirma.

Para el 2004, Jaime ya era comandante,  llevaba en las FARC 11 años de su vida, ya sabía plantar una mina cómo sembrar una papa, sabia disparar a un objetivo entre la maleza con tal facilidad que en ocasiones hacía competencias con sus subalternos, para ver quién podía dar de baja a mas soldados en un periodo de tres meses, como si ser francotirador fuese un juego de niños. Sabía cómo hacer toda clase de explosivos, y afirma, que se dio cuenta que la química era su gran pasión. Se aprendió de memoria toda clase de manuscritos o escritos que trataran del socialismo, la guerra de guerrillas, y cuanto tema revolucionario puede existir.  Y fue precisamente esto lo que lo aburrió, dice que se había vuelto adicto a la guerra, pero que la guerra se había hastiado de él, se había enloquecido de que combate tras combate el siguiera con vida, porque en una guerra se supone que la gente se muere, y si llevas más de once años sin recibir un solo tiro es porque algo anda mal.
Jaime narra con una sonrisa sarcástica que el simplemente se bajo un día- tome mi fusil y descendí de la montaña por la noche, sabia hacia donde quedaba tal y tal pueblo, simplemente me bajé con mi fusil y camine, sabía donde pisar y donde no, y luego de día y medio me encontré a las afueras de la primera comunidad urbana que veía en meses, me quité el uniforme y lo guardé en mi morral, desarme mi rifle y las escondí entre la ropa, luego saque 20,000 pesos de mi bolsillo tome un bus y me vine a Cali, quise venirme aquí por…. Por discreción.”

Jaime en este momento calla y me afirma con un tono pausado que no tiene nada más interesante que contarme, que todo el resto son pendejadas, nada que valga la pena oír y que espera que ya tenga mi historia sobre un tipo cualquiera que se canso de jalar del gatillo, y vaya que la tengo. Antes de irme me volteo y le pido irónicamente si me puede mostrar el rifle, el sonríe y me dice- la casa en la que vivo es el rifle, lo cambie por estas cuatro paredes y este techo.

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